Tengo muchas quejas (porque soy un tipo corriente, y vivo las cosas cotidianas como todo el mundo, no como otros, y otras, que, con la excusa del glamour acá, glamour allá, ay que la noche del glomur, ay que la boîte del glamour, viven en otro lado. No señor; para que aprendan cómo deben tratarse las quejas cotidianas).
Primero:
Veo mucho canal 7. Me gusta (y recomiendo mucho el programa que dan los viernes "Presidentes de Latinoamerica"), pero me revienta que el noticiero del domingo dure más de una hora con la repetición de los goles de la fecha. Aflojen, loco. Está buenísimo el fútbol gratis, pero ya lo dieron, desde el viernes a hoy, hasta las once y media de la noche, ¿vas a pasar todo otra vez? Ya está. Larguen un poquito nomás.
Segundo:
¿Por qué cuando uno entra a Hotmail le sale un cartel que dice "usted va a ver todo bajo una conexión insegura, su información puede ser vista o compartida" o algo así... ¿qué es eso? ¿Qué opciones hay? Porque abajo dice "sí" "no" y "más información" y siempre hay que apretar el "sí", en caso contrario no te lo preguntaría. Si apretás "no", la pantalla te sale blanca y el asunto queda vacante.
Te están diciendo "mire, lo vamos a espiar, ¿quiere o nos metemos con otro?"; y si decís que "no, gracias" no te habilitan la cuenta. Es una extorsión elegante. Eso y decir "¿Nos autorizás a mirar qué hay? No nos importa, pero tenemos que ver, y quizás no lo veamos, pero si decís no, es porque ocultás algo y quedás vetado" es lo mismo que nada.
Vamos Hotmail...gente grande. Dejen vivir en paz. Y corre para todos los tipos que tienen empresas de correo: Gmail y Yahoo son culpables también de esa cosa, no quedan afuera. Son todos unos botones.
Tercero:
Conozco gente (una persona, no son muchos, pero una persona ya es gente. Esta parte no hace falta aclararla, pero es como que le da más importancia al post...y me da tiempo de pensar este tercer punto que es un poco vago en su contenido...en verdad es para darle un toque de humor a algo muy serio), que se queja de la seguridad y habla de un tiempo pasado que no conoció jamás, bajo el lema "antes era mejor" y "antes había códigos". Lo juro.
Fui interrogado (por esta misma persona), una, dos, mil veces, sobre qué hacer con la seguridad. Una, dos, esbocé una respuesta; a la vez mil, dije "No sé. No soy experto" y me contestó "Yo tampoco, pero qué opinás".
No es un chiste.
Eso hace el manejo de opinión. Ojo al piojo, porque cuando alguien te dice "yo tampoco, pero qué opinás" y habla de "códigos" y "antes, antes, antes", y esa persona tiene tu edad, significa que hay alguien que está haciendo mal las cosas. Hay algún dato que nos estamos perdiendo. ¿Qué importa mi opinión? No será que es sólo una prueba de ese falso agite que hay que demostrar, escandalizándose de la realidad. ¿Queda mejor ser un tipo que repite que estamos mal y que todo es una basura, o decir "no es tan así" y bancarse la que venga (porque te insultan, te lo juro, te insultan).
¿Dónde frena la influencia? ¿Brasil está mejor? ¿Alguien jura por sus hijos que Brasil está mejor y puede demostrarlo?, porque yo no lo sé y no escucho otra cosa que eso.
Última pregunta:
¿Alguien leyó a Aguinis, alguna partecita nomás, de ese libro que sacó? La verdadera pregunta es: ¿el editor debe ir preso o en verdad la censura en Argentina es un chiste y el mismo tipo que se queja hace guita mientras te lo dice?
¿Hay censura?...
¿Hasta dónde llega la influencia?
Pensalo otra vez y no digas nada: ¿hasta dónde llega la influencia?
lunes, noviembre 23, 2009
miércoles, noviembre 18, 2009
UNA HIPÓTESIS UNIVERSAL
“Ningún número de experimentos, sin importan qué tan grandes sean, podrían demostrar la validez de mi teoría; pero un solo experimento podría demostrar que estoy equivocado” .
Albert Einstein, sobre la popagación de la luz.
No hay mejor manera de desanimarse que sospechar el destino del universo. De todos modos podemos no abstraernos tanto (al fin y al cabo el infinito es vastísimo, lo que es igual a imaginar a la nada: imposible); alcanza con saber que nuestro sistema solar indefectiblemente chocará con Andrómeda en algunos millones de años. Si fuera optimista, diría que será un espectáculo único si aún hubiera vida en la Tierra, ya que con sólo asomarse al balcón se vería la aparición de nuevas estrellas, explosiones y colores rarísimos en el cielo.
Pero, hay que decirlo, un choque de galaxias es un escándalo y una situación bastante problemática; sólo una sale victoriosa.
Los centros galácticos están formados por un agujero negro gigante. En un choque prevalece sólo uno y todo se modifica, formándose una nueva galaxia.
Si alguien quiere seguir en su optimismo y creer que por algún extraño movimiento del azar la Tierra se mantendrá en órbita, podemos recordar que, un par de millones años después, el sol se apagará, acabando por fin cualquier resabio terrestre.
Así como sabemos el final de la Vía Láctea, podemos inferir algunas teorías sobre el final universal. La teoría más aceptada es la del Big Crunch, un colapso en la expansión del universo, haciendo retroceder la materia hasta su máxima reducción.
Aquí rescato dos preguntas. La primera: ¿después, qué? La segunda: ¿qué hay detrás del universo? Si el universo quedara del tamaño de una molécula, ¿qué es aquello que lo rodea?
Esa última pregunta es exactamente igual para el universo en su estado actual: ¿qué hay detrás del límite, si acaso hay límite?
En la física se acepta el límite como una convención; el límite es hasta donde puede verse o calcularse según algunas posiciones de estrellas y galaxias, pero esto es sólo con fines prácticos, para facilitar el estudio; se entiende que ese no es el límite.
Así como decir cien podría significar “todo” y cero “nada”, en el universo la nada no existe. Sabemos que hay “todo” (casi como una comodidad literaria), pero técnicamente el cero es inexistente. Una sola partícula en medio del vacío puede ser llamado “cien”. Esto podría graficarse así: supongamos que entramos con alguien a una habitación completamente vacía, y la otra persona nos pregunta “¿qué hay aquí?”. Por instinto uno contestaría “nada”; sin embargo quien nos acompaña podría replicar. “¿Y las paredes? ¿Y las ventanas? ¿Y el techo? ¿Y el suelo?”. Entonces allí está todo lo que comprende a esa habitación, aún cuando para nosotros no haya nada.
Por eso es imposible imaginar qué hay detrás del universo (si es que tiene un límite real, aun en constante expansión).
Alguna vez jugué –inspirado por la ley de fuerza- con la extravagante idea de distintos universos no multidimensionales, si no sucesivos. Un espacio comprendido por infinitos universos que hacen colapsar al vecino; una extraña supervivencia de la materia más fuerte, hasta que se debilita, contrayéndose, empujado por otro universo que madura, se fortalece y se expande, para luego ser contraído por otro universo. Muchos años después me enteré que esta teoría es compartida por algunos científicos, pero, hay que admitirlo, es una hipótesis de lo más extravagante.
Sin embargo, descartar teorías que no pueden ser comprobadas es un error. La astrofísica necesita también de la imaginación, hasta que una prueba refute la idea.
Si esa teoría fuera válida y cierta, también contestaría la primer pregunta que hice: ¿“Después, qué?”. Pero me animo, jugando con la imaginación, a ir más lejos: “Antes, qué?”.
Así como aceptamos la teoría del Big Bang como punto de inicio universal, la gran pregunta de la ciencia es “¿qué había antes de ese punto?”
Como buen escéptico creo que no se sabrá jamás, pero voy a esbozar una idea que podría asemejarse a un relato del género fantástico:
Algunos estudiosos de la física creen que nunca hubo un antes; que el universo es el mismo siempre, expandiéndose, contrayéndose y explotando para volver a expandirse.
En mi infancia me asaltó una idea similar: el universo se repite. Hoy, siendo un adulto torpe, rescato esa idea que tuvo aquel niño lúcido que fui. Otros mundos, otras vidas, han sucedido antes que nosotros, y nosotros, en ese afán de buscar vida en otros lados, quizás nos olvidamos de otros planetas que pudieron estar aquí mismo. Claro, es improbable, porque ese universo ya no está.
Pero como esto se trata de imaginación, quisiera creer en un universo reiterativo, fantástico, circular. Un universo en donde hace miles de millones de años, otro, que era yo, escribía estas líneas. Quiero decir: somos todos los hombres y toda la vida que, por un misterio, sucederá siempre y nunca lo recordaremos.
Es una idea platónica, pero algo esperanzadora. Aunque tal vez el destino se parezca a aquello que escribió Jorge Luis Borges en El Tema del Traidor y del Héroe: “que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible”.
Creo que la vida es sólo una coincidencia, un juego del azar, ayudados un poco por la curvatura del Espacio-Tiempo y por el polvo de estrellas. Si esa casualidad se repitiera hasta el infinito en un universo que nace, crece, muere, y vuelve a nacer, para volver a ser nosotros (sin siquiera sospecharlo), entonces no todo será tan triste. Al menos no tanto.
Albert Einstein, sobre la popagación de la luz.
No hay mejor manera de desanimarse que sospechar el destino del universo. De todos modos podemos no abstraernos tanto (al fin y al cabo el infinito es vastísimo, lo que es igual a imaginar a la nada: imposible); alcanza con saber que nuestro sistema solar indefectiblemente chocará con Andrómeda en algunos millones de años. Si fuera optimista, diría que será un espectáculo único si aún hubiera vida en la Tierra, ya que con sólo asomarse al balcón se vería la aparición de nuevas estrellas, explosiones y colores rarísimos en el cielo.
Pero, hay que decirlo, un choque de galaxias es un escándalo y una situación bastante problemática; sólo una sale victoriosa.
Los centros galácticos están formados por un agujero negro gigante. En un choque prevalece sólo uno y todo se modifica, formándose una nueva galaxia.
Si alguien quiere seguir en su optimismo y creer que por algún extraño movimiento del azar la Tierra se mantendrá en órbita, podemos recordar que, un par de millones años después, el sol se apagará, acabando por fin cualquier resabio terrestre.
Así como sabemos el final de la Vía Láctea, podemos inferir algunas teorías sobre el final universal. La teoría más aceptada es la del Big Crunch, un colapso en la expansión del universo, haciendo retroceder la materia hasta su máxima reducción.
Aquí rescato dos preguntas. La primera: ¿después, qué? La segunda: ¿qué hay detrás del universo? Si el universo quedara del tamaño de una molécula, ¿qué es aquello que lo rodea?
Esa última pregunta es exactamente igual para el universo en su estado actual: ¿qué hay detrás del límite, si acaso hay límite?
En la física se acepta el límite como una convención; el límite es hasta donde puede verse o calcularse según algunas posiciones de estrellas y galaxias, pero esto es sólo con fines prácticos, para facilitar el estudio; se entiende que ese no es el límite.
Así como decir cien podría significar “todo” y cero “nada”, en el universo la nada no existe. Sabemos que hay “todo” (casi como una comodidad literaria), pero técnicamente el cero es inexistente. Una sola partícula en medio del vacío puede ser llamado “cien”. Esto podría graficarse así: supongamos que entramos con alguien a una habitación completamente vacía, y la otra persona nos pregunta “¿qué hay aquí?”. Por instinto uno contestaría “nada”; sin embargo quien nos acompaña podría replicar. “¿Y las paredes? ¿Y las ventanas? ¿Y el techo? ¿Y el suelo?”. Entonces allí está todo lo que comprende a esa habitación, aún cuando para nosotros no haya nada.
Por eso es imposible imaginar qué hay detrás del universo (si es que tiene un límite real, aun en constante expansión).
Alguna vez jugué –inspirado por la ley de fuerza- con la extravagante idea de distintos universos no multidimensionales, si no sucesivos. Un espacio comprendido por infinitos universos que hacen colapsar al vecino; una extraña supervivencia de la materia más fuerte, hasta que se debilita, contrayéndose, empujado por otro universo que madura, se fortalece y se expande, para luego ser contraído por otro universo. Muchos años después me enteré que esta teoría es compartida por algunos científicos, pero, hay que admitirlo, es una hipótesis de lo más extravagante.
Sin embargo, descartar teorías que no pueden ser comprobadas es un error. La astrofísica necesita también de la imaginación, hasta que una prueba refute la idea.
Si esa teoría fuera válida y cierta, también contestaría la primer pregunta que hice: ¿“Después, qué?”. Pero me animo, jugando con la imaginación, a ir más lejos: “Antes, qué?”.
Así como aceptamos la teoría del Big Bang como punto de inicio universal, la gran pregunta de la ciencia es “¿qué había antes de ese punto?”
Como buen escéptico creo que no se sabrá jamás, pero voy a esbozar una idea que podría asemejarse a un relato del género fantástico:
Algunos estudiosos de la física creen que nunca hubo un antes; que el universo es el mismo siempre, expandiéndose, contrayéndose y explotando para volver a expandirse.
En mi infancia me asaltó una idea similar: el universo se repite. Hoy, siendo un adulto torpe, rescato esa idea que tuvo aquel niño lúcido que fui. Otros mundos, otras vidas, han sucedido antes que nosotros, y nosotros, en ese afán de buscar vida en otros lados, quizás nos olvidamos de otros planetas que pudieron estar aquí mismo. Claro, es improbable, porque ese universo ya no está.
Pero como esto se trata de imaginación, quisiera creer en un universo reiterativo, fantástico, circular. Un universo en donde hace miles de millones de años, otro, que era yo, escribía estas líneas. Quiero decir: somos todos los hombres y toda la vida que, por un misterio, sucederá siempre y nunca lo recordaremos.
Es una idea platónica, pero algo esperanzadora. Aunque tal vez el destino se parezca a aquello que escribió Jorge Luis Borges en El Tema del Traidor y del Héroe: “que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible”.
Creo que la vida es sólo una coincidencia, un juego del azar, ayudados un poco por la curvatura del Espacio-Tiempo y por el polvo de estrellas. Si esa casualidad se repitiera hasta el infinito en un universo que nace, crece, muere, y vuelve a nacer, para volver a ser nosotros (sin siquiera sospecharlo), entonces no todo será tan triste. Al menos no tanto.
lunes, noviembre 16, 2009
EL GRAN CABRERA
jueves, noviembre 12, 2009
LUCHA Y VUELVE (EL PASACALLES)
No recuerdo si alguna vez conté, creo que no, sobre mi cariño por los horribles pasacalles. Me parecen muy simpáticos y, quizás, esto se deba a que son cursis, y lo cursi me genera alguna debilidad.
Sin embargo, creo que el fatídico destino del pasacalles (haber sido prohibidos) se debe a esa cursilería. A los pasacalles les faltó agresividad; cualquiera que haya escuchado las míticas llamadas del Doctor Tangalanga a los colocadores de pasacalles sabe de qué hablo.
Estos pedazos de tela con letras multicolor (al menos los que aún sobreviven de manera ilegal) siguen escondiendo, públicamente, un mensaje privado. Por ejemplo: “Cecilia, te vi, te vi, te vi...Fito” o “Dubi, dubi, daba, daba, di, di, di, di. Lito”. Son mensajes encriptados, de amor, pero encriptados, y al final nadie dice “ese cartel es para mí” y la tela se llena de tierra y se la lleva el viento y la lluvia (y algún tornado, eventualemente).
Por eso creo que los pasacalles de amor, deberían ser, para volver a la legalidad, mensajes de contenido agresivo; amenazas, súplicas peligrosas, etc. Por ejemplo: un pasacalle que diga “Marisa, ahora que me dejaste y andás con otro tipo, que tenga cuidado, porque le voy a pegar un tiro en la gamba” o “Nélida, sin vos la vida no tiene sentido; si no volvés me mato” es muchísimo más efectivo.
Estoy seguro que de esa manera los pasacalles serían mucho más atractivos y le darían un color más lindo a la ciudad que se está empalideciendo cada vez más.
Vamos por los pasacalles más agresivos, con punch, con simpáticas amenazas de novios despechados. Es mucho más efectivo que decir “Ahora me siento solo”. Basta de pavadas.
Ya que se habla tanto del hastío social y la violencia, si nos vamos a hartar y ponernos violentos, hagámoslo bien, y no dejando que señoras indignadas llamen a la radio y utilicen la palabra “crispación” seis veces en la misma oración.
Nada más. Me despido con un pasacalles virtual: “Remontar un barrilete...” no me acuerdo cómo sigue.
Sin embargo, creo que el fatídico destino del pasacalles (haber sido prohibidos) se debe a esa cursilería. A los pasacalles les faltó agresividad; cualquiera que haya escuchado las míticas llamadas del Doctor Tangalanga a los colocadores de pasacalles sabe de qué hablo.
Estos pedazos de tela con letras multicolor (al menos los que aún sobreviven de manera ilegal) siguen escondiendo, públicamente, un mensaje privado. Por ejemplo: “Cecilia, te vi, te vi, te vi...Fito” o “Dubi, dubi, daba, daba, di, di, di, di. Lito”. Son mensajes encriptados, de amor, pero encriptados, y al final nadie dice “ese cartel es para mí” y la tela se llena de tierra y se la lleva el viento y la lluvia (y algún tornado, eventualemente).
Por eso creo que los pasacalles de amor, deberían ser, para volver a la legalidad, mensajes de contenido agresivo; amenazas, súplicas peligrosas, etc. Por ejemplo: un pasacalle que diga “Marisa, ahora que me dejaste y andás con otro tipo, que tenga cuidado, porque le voy a pegar un tiro en la gamba” o “Nélida, sin vos la vida no tiene sentido; si no volvés me mato” es muchísimo más efectivo.
Estoy seguro que de esa manera los pasacalles serían mucho más atractivos y le darían un color más lindo a la ciudad que se está empalideciendo cada vez más.
Vamos por los pasacalles más agresivos, con punch, con simpáticas amenazas de novios despechados. Es mucho más efectivo que decir “Ahora me siento solo”. Basta de pavadas.
Ya que se habla tanto del hastío social y la violencia, si nos vamos a hartar y ponernos violentos, hagámoslo bien, y no dejando que señoras indignadas llamen a la radio y utilicen la palabra “crispación” seis veces en la misma oración.
Nada más. Me despido con un pasacalles virtual: “Remontar un barrilete...” no me acuerdo cómo sigue.
martes, noviembre 03, 2009
SANTA LUCÍA (OTRA VEZ)
¡No teman! Por desperfectos técnicos hemos frenado un poco, pero en horas nomás volvemos con esta tómbola loca del amor llamada No Somos Nada.
Mientras tanto, para calmar los ánimos ansiosos, un refrito que se publicó en abril de 2007 (estuve leyendo cosas de ese mes y fueron posts muy buenos), pero rescato un video que no es de mi autoría, pero habla muy bien de mí (y mis proezas en Santa Lucía), y lo pasamos de vuelta porque me da impresión escuchar mi apellido tantas veces en 3 minutos.
Para verlo, sólo hay que apretar...acá
Mientras tanto, para calmar los ánimos ansiosos, un refrito que se publicó en abril de 2007 (estuve leyendo cosas de ese mes y fueron posts muy buenos), pero rescato un video que no es de mi autoría, pero habla muy bien de mí (y mis proezas en Santa Lucía), y lo pasamos de vuelta porque me da impresión escuchar mi apellido tantas veces en 3 minutos.
Para verlo, sólo hay que apretar...acá
miércoles, octubre 28, 2009
LA LEGIÓN DE LOS HOMBRES QUE CORREN
"La Clave de la Biblioteca"
En una de las páginas incompletas del diario de Virginia Dupont encontré una pista clave: “Varios datos y testimonios de Los Hombres que Corren se encuentran en la Biblioteca del Ministerio de Educación. Quizás parecen pelear solos, pero la causa es noble. Allí está la verdad”.
Confieso que cada pista, cada hoja del diario que llega hasta mí, me genera desconfianza. Al fin y al cabo aún no sé si las copias son exactas, apócrifas o inventos; pero admito, también, que no puedo dejar de seguir esas pistas.
Llegué a la Biblioteca con los supuestos originales y copias del diario y allí trabajé varias horas intentando darle un orden a todo lo que está escrito. Las fechas son confusas (algunas dicen 1975, otras 1998), pero también he logrado reconstruir párrafos que coinciden entre todas esas infidencias. Es un trabajo muy difícil. Por ejemplo: una página fechada el 30 de noviembre de 1986 dice “La historia de Los Hombres que Corren es una metáfora del mundo de las ideas de Platón”. Otra hoja, con la misma fecha dice “ (...) Creo que el mundo es un lugar mejor desde que sé que la Legión de Los Hombres que Corren asisten a todo aquel que lo necesite”. Insisto: es un trabajo muy arduo llegar a la verdad.
Luego de pasar en limpio algunos párrafos que sí coinciden (a veces creo que yo también invento un nuevo diario, igual como han hecho otros), decidí buscar el supuesto documento que esclarece la existencia de Los Hombres que Corren.
“Quizás parecen pelear solos, pero la causa es noble” escribió supuestamente Virginia. Recorrí los estantes buscando (o esperando por arte de magia) una señal. Me di cuenta de que el secreto estaba en El Quijote. Revisé todas las ediciones y al fin encontré, en una copia muy maltrecha, doblados, los papeles que buscaba. Me felicité por haber adivinado la pista y volví a mi escritorio a revisar esos papeles uno por uno. Al principio fue esperanzador –quizás por el entusiasmo de encontrar la clave- pero también porque todo lo que estaba escrito en esas hojas del diario parecían datos coherentes, sin tantas contradicciones, casi verosímiles; incluso llegué a pensar que podrían ser originales y no copias.
Allí había nombres, intervenciones relatadas con lujo de detalles y, lo más importante, datos muy concretos sobre Gustavo Dugan. En un párrafo dice “Gustavo siente que la tarea es infructuosa. Está muy desanimado. Estoy segura, si esto sigue así, de que Los Hombres que Corren pronto desaparecerán, o al menos Gustavo ya no será uno de ellos”. ¿Por qué Dugan abandonaría a La Legión? ¿Por qué advirtió que la tarea era infructuosa tan tarde, cuando desde el comienzo se evidenciaba como algo imposible?
Decidí volver a casa y unir datos para, de una vez, encontrarme con Dugan, o al menos con alguno de sus amigos (no guardo ninguna esperanza de conocer a Dupont...confieso que a esta altura de la investigación, si Virginia no llegara a existir, me dolería muchísimo).
Tenía que llevarme esas hojas, pero entendí que no me pertenecían, que no soy dueño de la historia de Los Hombres que Corren, ni de la vida de Dugan, y mucho menos de la intimidad de Virginia Dupont. Elegí la solución más conveniente: fotocopiar las nuevas páginas del diario y dejar los originales en el mismo libro donde estaban escondidos.
Mientras esperaba las copias, ordenando mis papeles, noté que el empleado de la Biblioteca encargado de las fotocopias me miraba con sorna.
- ¿Cuánto le debo?- pregunté.
- Dos pesos.
Mientras le pagaba, el hombre dijo:
- ¿Usted también está con eso de los que corren?- La pregunta me desconcertó. – Todos los años vienen a buscar esas cosas...se ve que hay varias hojas aquí aparte de las que usted encontró.
- ¿Y dónde están?
- ¡Vaya a saber! Yo sólo saco copias, pero hágame caso, usted está perdiendo dos pesos y el tiempo.
- ¿Por qué?- pregunté ya por reflejo.
- Porque esa chica del diario no existe.
No supe cómo replicar. ¿Por qué ese hombre conocía la historia? Y peor, ¿por qué afirmaba que Virginia no existe? No pude más que preguntar con desconfianza:
- ¿Cómo lo sabe?
- Me lo dijo un tal Dugan.
Quedé paralizado. Por primera vez alguien admitía haber conocido a Gustavo Dugan y esa persona estaba frente a mí. Aquí podría empezar a dilucidarse el misterio.
- ¿Usted conoce a Dugan?
- Solía venir. Pero discúlpeme, tengo que guardar unos archivos- dijo y desapareció por un pasillo.
No sabía si creerle o no. Quizás era un truco de Dugan para no revelar el secreto de La Legión de los Hombres que Corren; pero si fuera así, él mismo hubiera destruido las pistas guardadas en la Biblioteca. O quizás fueron sembradas por él mismo. O tal vez uno de los de los falsificadores se había hecho pasar por Dugan para seguir difundiendo pistas falsas.
Lo único cierto es que una clave empezaba a aparecer, sólo había que seguir las señales; pero como sabemos, las señales pueden ser perfectas trampas. O mejor dicho: toda señal mal interpretada puede ser fatal.
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La Legión de Los Hombres que Corren
miércoles, octubre 07, 2009
ESA COSA LLAMADA PATRIA
Cualquiera que tenga más de veinte años no tendrá que hacer mucho esfuerzo para recordar haber escuchado alguna vez el inicio de la frase “en este país lo que hace falta...” seguida de cualquier cosa, desde “hace falta un dictador” a un “deberían gobernar extraterrestres”. Depende la ideología de cada uno, la variación puede ser notable, pero en el fondo parece no haber diferencia en la conclusión. Lo que esconden las opiniones es un deseo de la vuelta del pasado. No importa cuál pasado, sólo el pasado. Sin embargo, la frase “en este país hace falta...” existe desde siempre. Parece que antes que país hubo pasado. Tal vez nadie haya visto tiempos mejores, pero muchos creen recordarlo.
La pregunta es: ¿cuál es la discusión?
La respuesta más evidente debería ser qué clase de país queremos. Pero la discusión se esconde en opiniones sofistas, mal llevadas, sin criterio, sin análisis.
Al dar una opinión se deja ver qué clase de país queremos.
Hágase el siguiente experimento: siéntese el lector en un bar con gente, incluso desconocida, y deslice muy suavemente una opinión favorable sobre alguna decisión gubernamental; cualquiera, la que usted elija. Notará el lector que muy pronto tendrá mucha gente en contra, incluso descalificándolo, no sólo en sus argumentos, si no como persona. No hay forma de discutir qué clase de país se quiere sin opiniones, allí parecen estar los argumentos.
Entonces viene una segunda pregunta: ¿queremos un país? Y algo peor: ¿Nos interesa tener una República?
Cuando alguien dice “Yo no creo en los políticos” está diciendo, de un modo muy sencillo “que cada uno haga lo que quiera”. Esa forma de pensamiento es como mínimo, peligrosa.
Pongamos un ejemplo: si usted dice “estoy de acuerdo con la intervención del Estado en las empresas, con una regulación justa”, alguien (nunca falta un comedido) le dirá “el Estado es ladrón”. “El Estado es ladrón” significa “estoy de acuerdo con el neoliberalismo”.
¿El Estado es más ladrón que una empresa sin reglas ni regulaciones? Quizás a muchos les gusta que les roben personas de dinero, con cierta elegancia para el maltrato, con el miedo que genera el poder. Para algunos es mucho más digno ser robado por un empresario que por un político. El argentino promedio le teme al empresario, agacha la cabeza, lo deja robar, porque en el fondo anhela ser ,también, un día ese hombre indigno. El argentino promedio repite lo que escucha en los medios aun cuando las opiniones mediáticas no tienen ningún fundamento claro, pero prefiere seguir la opinión de un periodista que tiene cara de serio, que a lo sumo trabaja para jefes invisibles (también empresarios como los que desea ser), antes que seguir la opinión de alguien que se ha tomado el trabajo, por ejemplo, de estudiar, de reflexionar, de unir conocimientos, de elaborar ideas.
Vamos más lejos: diga usted en público “la nacionalización de la transmisión de los partidos de fútbol me parece correcta”. Alguien contestará “¿por qué no usan esa plata para otra cosa?”. Por más que usted argumente que ese dinero se recuperará con creces en un año, y que será dinero del Estado, le explicarán que hay prioridades, antes que el fútbol (eso sí, el Boca-River, no se lo van a perder, aun cuando estén en total desacuerdo con esa medida). Aquí caben dos conclusiones y una trampa.
Empecemos por la trampa. Deberemos utilizar una mentira piadosa: diga que en Brasil también se tomó esta medida del fútbol. Notará usted que en seguida le dirán “Brasil es otra cosa, allá se planifica”.
Primera conclusión: si ésta, o cualquier otra medida, se implementara en Brasil o en cualquier país tomado como “país serio”, sería una medida de planificación hacia el futuro. Si se hace en Argentina es un mamarracho comunista, que excede todos los límites, sin reglas que asustan a los inversores extranjeros, que vienen a poner tan generosamente su dinero. ¿No es notable la diferencia? Parece que en Brasil la corrupción no es ostensible, y aunque lo fuera (que lo es, y mucho), allí piensan las cosas, no como aquí que no se respetan los contratos, y les sacan a los pobres empresarios, víctimas de los gobernantes, su pobre derecho de transmitir un miserable e inocente partido de fútbol. Se rumorea que algunos han llegado a ver a empresarios, dueños de medios, compungidos, secándose las lágrimas con un billete de diez pesos (ya no son tiempos de derroche, antes podían hacerlo con un billete de cien).
Segunda conclusión: si ante cada cosa que se hace, se pone el hambre adelante (“con esa plata que hagan otra cosa”), estaríamos impedidos de tomar cualquier medida. Sencillamente no podría hacerse nada.
Lo más curioso es que mucha gente que usa este argumento del hambre, ve con malos ojos los comedores subvencionados por el Estado (“que generen trabajo” dicen; algo muy difícil si no hay arcas en el Estado que se logran, oh casualidad, con inversiones como por ejemplo, la televisación del fútbol).
Insisto: ¿Qué país queremos? ¿Queremos ser España que últimamente maltrata a los argentinos casi con perversión? ¿Queremos ser la izquierda inteligente y con secretas aspiraciones burguesas? ¿Queremos ser un país agro exportador para siempre? ¿Queremos represión de la derecha decadente y golpista? ¿Queremos un país de izquierda y derecha pero de ambas facciones pensantes e inteligentes? ¿Queremos al Estado o a las empresas? Decidamos de una vez, y dejemos la mentira de lado.
Vemos con insistencia que la gente que se va del país, despotrica contra la Patria. Dicen que el país los echó. Eso es válido en época de dictadura, pero no tenemos derecho, en democracia, a jactarnos de tal cosa. E incluso en dictadura, parafraseando a Luis Brandoni en Made in Argentina “a nosotros nos echaron un grupo de facinerosos, no el país”.
El que se va y critica, cree que él es el país. Que su conducta individual, para él heroica, salvará el destino de la Patria. Noten la diferencia: el General José de San Martín, máximo prócer de la Historia Argentina, Generalísimo de la República del Perú y fundador de su libertad, Capitán General de la de Chile, y Brigadier General de la Confederación Argentina , murió en el exilio lamentando no haber podido volver a nuestra tierra. Rivadavia, en cambio, pidió no ser enterrado en el país. Claras diferencias.
Un aspecto más de San Martín: él estaba en contra de Rosas, pero gracias a la defensa contra los ingleses, San Martín lega en su testamento: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla”.
Luego en el cuarto punto del testamento pide que su corazón sea depositado en Buenos Aires.
Patriotismo que excede las diferencias. El bien común.
Años después, argentinos en todo el mundo despotrican contra el país, argentinos en Argentina también despotrican contra el país, y hasta puede escucharse “si lo ingleses hubieran logrado la invasión estaríamos mejor”.
Vuelven las preguntas iniciales:
¿Qué país queremos?
¿Queremos un país?
Antonio Carrizo una vez definió a la Patria como el lugar en donde enterramos a nuestros seres queridos.
En todo el individualismo, el egoísmo que puede inferirse en las opiniones, la Patria se hace borrosa, y en ese egoísmo parece advertirse que la Patria se va convirtiendo en uno y sus penas; uno y sus anhelos y frustraciones. Parece que el país no es un bien común, si no la percepción de cada uno y sus intereses.
Ojalá me equivoque y el país sea mucho más que un mínimo grupo de individualidades.
La pregunta es: ¿cuál es la discusión?
La respuesta más evidente debería ser qué clase de país queremos. Pero la discusión se esconde en opiniones sofistas, mal llevadas, sin criterio, sin análisis.
Al dar una opinión se deja ver qué clase de país queremos.
Hágase el siguiente experimento: siéntese el lector en un bar con gente, incluso desconocida, y deslice muy suavemente una opinión favorable sobre alguna decisión gubernamental; cualquiera, la que usted elija. Notará el lector que muy pronto tendrá mucha gente en contra, incluso descalificándolo, no sólo en sus argumentos, si no como persona. No hay forma de discutir qué clase de país se quiere sin opiniones, allí parecen estar los argumentos.
Entonces viene una segunda pregunta: ¿queremos un país? Y algo peor: ¿Nos interesa tener una República?
Cuando alguien dice “Yo no creo en los políticos” está diciendo, de un modo muy sencillo “que cada uno haga lo que quiera”. Esa forma de pensamiento es como mínimo, peligrosa.
Pongamos un ejemplo: si usted dice “estoy de acuerdo con la intervención del Estado en las empresas, con una regulación justa”, alguien (nunca falta un comedido) le dirá “el Estado es ladrón”. “El Estado es ladrón” significa “estoy de acuerdo con el neoliberalismo”.
¿El Estado es más ladrón que una empresa sin reglas ni regulaciones? Quizás a muchos les gusta que les roben personas de dinero, con cierta elegancia para el maltrato, con el miedo que genera el poder. Para algunos es mucho más digno ser robado por un empresario que por un político. El argentino promedio le teme al empresario, agacha la cabeza, lo deja robar, porque en el fondo anhela ser ,también, un día ese hombre indigno. El argentino promedio repite lo que escucha en los medios aun cuando las opiniones mediáticas no tienen ningún fundamento claro, pero prefiere seguir la opinión de un periodista que tiene cara de serio, que a lo sumo trabaja para jefes invisibles (también empresarios como los que desea ser), antes que seguir la opinión de alguien que se ha tomado el trabajo, por ejemplo, de estudiar, de reflexionar, de unir conocimientos, de elaborar ideas.
Vamos más lejos: diga usted en público “la nacionalización de la transmisión de los partidos de fútbol me parece correcta”. Alguien contestará “¿por qué no usan esa plata para otra cosa?”. Por más que usted argumente que ese dinero se recuperará con creces en un año, y que será dinero del Estado, le explicarán que hay prioridades, antes que el fútbol (eso sí, el Boca-River, no se lo van a perder, aun cuando estén en total desacuerdo con esa medida). Aquí caben dos conclusiones y una trampa.
Empecemos por la trampa. Deberemos utilizar una mentira piadosa: diga que en Brasil también se tomó esta medida del fútbol. Notará usted que en seguida le dirán “Brasil es otra cosa, allá se planifica”.
Primera conclusión: si ésta, o cualquier otra medida, se implementara en Brasil o en cualquier país tomado como “país serio”, sería una medida de planificación hacia el futuro. Si se hace en Argentina es un mamarracho comunista, que excede todos los límites, sin reglas que asustan a los inversores extranjeros, que vienen a poner tan generosamente su dinero. ¿No es notable la diferencia? Parece que en Brasil la corrupción no es ostensible, y aunque lo fuera (que lo es, y mucho), allí piensan las cosas, no como aquí que no se respetan los contratos, y les sacan a los pobres empresarios, víctimas de los gobernantes, su pobre derecho de transmitir un miserable e inocente partido de fútbol. Se rumorea que algunos han llegado a ver a empresarios, dueños de medios, compungidos, secándose las lágrimas con un billete de diez pesos (ya no son tiempos de derroche, antes podían hacerlo con un billete de cien).
Segunda conclusión: si ante cada cosa que se hace, se pone el hambre adelante (“con esa plata que hagan otra cosa”), estaríamos impedidos de tomar cualquier medida. Sencillamente no podría hacerse nada.
Lo más curioso es que mucha gente que usa este argumento del hambre, ve con malos ojos los comedores subvencionados por el Estado (“que generen trabajo” dicen; algo muy difícil si no hay arcas en el Estado que se logran, oh casualidad, con inversiones como por ejemplo, la televisación del fútbol).
Insisto: ¿Qué país queremos? ¿Queremos ser España que últimamente maltrata a los argentinos casi con perversión? ¿Queremos ser la izquierda inteligente y con secretas aspiraciones burguesas? ¿Queremos ser un país agro exportador para siempre? ¿Queremos represión de la derecha decadente y golpista? ¿Queremos un país de izquierda y derecha pero de ambas facciones pensantes e inteligentes? ¿Queremos al Estado o a las empresas? Decidamos de una vez, y dejemos la mentira de lado.
Vemos con insistencia que la gente que se va del país, despotrica contra la Patria. Dicen que el país los echó. Eso es válido en época de dictadura, pero no tenemos derecho, en democracia, a jactarnos de tal cosa. E incluso en dictadura, parafraseando a Luis Brandoni en Made in Argentina “a nosotros nos echaron un grupo de facinerosos, no el país”.
El que se va y critica, cree que él es el país. Que su conducta individual, para él heroica, salvará el destino de la Patria. Noten la diferencia: el General José de San Martín, máximo prócer de la Historia Argentina, Generalísimo de la República del Perú y fundador de su libertad, Capitán General de la de Chile, y Brigadier General de la Confederación Argentina , murió en el exilio lamentando no haber podido volver a nuestra tierra. Rivadavia, en cambio, pidió no ser enterrado en el país. Claras diferencias.
Un aspecto más de San Martín: él estaba en contra de Rosas, pero gracias a la defensa contra los ingleses, San Martín lega en su testamento: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla”.
Luego en el cuarto punto del testamento pide que su corazón sea depositado en Buenos Aires.
Patriotismo que excede las diferencias. El bien común.
Años después, argentinos en todo el mundo despotrican contra el país, argentinos en Argentina también despotrican contra el país, y hasta puede escucharse “si lo ingleses hubieran logrado la invasión estaríamos mejor”.
Vuelven las preguntas iniciales:
¿Qué país queremos?
¿Queremos un país?
Antonio Carrizo una vez definió a la Patria como el lugar en donde enterramos a nuestros seres queridos.
En todo el individualismo, el egoísmo que puede inferirse en las opiniones, la Patria se hace borrosa, y en ese egoísmo parece advertirse que la Patria se va convirtiendo en uno y sus penas; uno y sus anhelos y frustraciones. Parece que el país no es un bien común, si no la percepción de cada uno y sus intereses.
Ojalá me equivoque y el país sea mucho más que un mínimo grupo de individualidades.
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